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16 de febrero de 2010

El rey de un país lluvioso (Critica Teatral.)

El rey se muere, de Eugène Ionesco y Mauro Molina

El rey de un país lluvioso

A Mauro Molina le faltaba un Ionesco propio para verterse el especialista argentino en teatro del absurdo y, digámoslo sin vueltas, lo ha logrado.
Le roi se meurt fue estrenada en 1962, hace casi cincuenta años, y en manos de un experto no perdió una gota de vida y representabilidad. Claro, se trata, quizás con La lección, de las pocas farsas trágicas, como le gustaba etiquetarlas a Ionesco desorientando a los buscadores de la ortodoxia, cuyo antirracionalismo podía ponerse en escena, ya que se situaba exclusivamente en el nivel verbal, en lo que cuentan, por inconcebible que fuese, sus personajes. Rinoceronte metía al director en un brete: ¿cómo transformar a la gente en el escenario? Ni hablar de El peatón del aire o Jacobo o la sumisión. Pero en El rey todo lo inenarrable, la completa dislocación de la naturaleza en torno al trono –a Ionesco le habría encantado el retruécano lingüístico…--llega al discurso y no es necesario verlo. Así, un precipicio desfondado se traga la realidad, un virus paraliza al ejército, las vacas paren dos terneros al día, la hierba brota fuera de las fronteras “que eran un desierto hasta el jueves”, “veinticinco habitantes se licuaron y doce perdieron la cabeza, esta vez sin intervención mía” (constata el Rey) y él mismo agoniza después de ejercer “doscientos setenta y siete años y tres meses”. Ionesco invierte, y a la vez liquida al fin, el fantasma mitológico del Edipo de Sófocles con su perfecto antimito. El mundo alrededor del monarca incestuoso del griego se desintegraba, empezando por la naturaleza, y ésta constituía la señal de los dioses, metonímica, de que algo no funcionaba bien en palacio. Shakespeare avanzaba un paso hacia desacralizar la historia: el egoísmo tiránico de sus reyes impedía construir, obra de los súbditos abandónicos, un reino perdurable. El dramaturgo rumano-francés pega la última vuelta de tuerca con su nihilismo cosmicómico, pues simplemente todo se muere junto al rey, sin abundar explicaciones, sin más razón que la muerte misma, sin dios ni necesidad de Él.
Molina, obediente adaptador, sigue al autor al pie de la letra, como siempre conduciendo a un excelente team actoral, y sabiendo conducirlo. Elimina, eso sí, las didascalias. No existe la música “irrisoriamente regia” ni el salón palaciego “vagamente gótico” del texto original, dicho de un modo que habilitaba la libertad del puestista. Sí los tres tronos, el central del soberano y los laterales para las dos esposas, tapizados en rojo. A la reina Margarita prefiere palidecerla y ataviarla de negro, una Morticia delgada y de voz firme y estentórea. Con su otra reina, María, se permite una minifalda sobre la vocecita chillona. El alabardero, de librea inclasificable; el astrólogo-verdugo-médico de golilla y catalejo, no desentona con cualquier cortesano promedio; la criada Julieta viste como toda mucama del siglo XX; a Berenguer I, manto de púrpura, lo aureola una corona dorada de mal disimulado cartón. Sólo un par de licencias se permite en el conjunto, como la lanza del alabardero, y el cetro del Rey, rodeados de un alambre rústico, y un viejo flit de los que antaño mataban insectos. En síntesis, módico disloque temporal, indefinición, austeridad. Nada que distraiga. Ahora, a gozar de la actuación.
Y es aquí donde debe destacarse al grupo. El arduo y por momentos vertiginoso diálogo de Ionesco tiene los intérpretes que se merece. El rey ridículo, con sus rastros edípicos, sus súbitos ataques de discapacidad, sus órdenes incumplibles, vive en Facundo Cardosi –tan distinto al que vimos en Boceto para teatro I, el Beckett de Molina—como el descendiente más elocuente de los Ubúes, reales y dramáticos que hayamos presenciado. Lucía Urriaga deslumbró en Esa que no eres y ahora se calza el personaje de María, también nada parecido a aquél, como si le hubiese sido escrito. El clown Joaquín Baldín demuestra a través del médico su ductilidad lejos del mimo, y María Viau (Julieta) y Darío Peralta (el alabardero) están igualmente inmejorables.
Otra vez, la pregnancia y composición de Valeria Tercia (Margarita), quien fuera nominada revelación del Estrella 2008 y ahora candidata a actriz de drama, resumen el temperamento de Molina director y la preparación de su compañía. Uno se imagina qué buenas serán las que le ganan en la terna, si debe padecer otra postergación: para semejante actriz, que en Esa que no eres ya fascinaba, da la sensación de poder elegirse cualquier obra del repertorio universal. Extraordinaria.
Definitivamente, un director encontró a su elenco, y a la inversa. Visto que MM sale airoso de un Ionesco como de escribir a Alejandra Pizarnik, no es difícil augurarle más riesgos superados. También para los hombres de coraje (y talento) son las grandes empresas.

Gabriel Cabrejas

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